Anatomía de un Ninja: La física del «Reflejo de Enderezamiento»
Se cae del respaldo del sofá mientras dormía. Da una vuelta en el aire, tan rápida que casi no la ves, y aterriza de pie. Luego se sienta y se lava, como diciendo «esto lo tenía controlado».
No lo tenía controlado. Lo tiene de fábrica.
Un esqueleto que no se parece al nuestro
Un gato tiene alrededor de 240 huesos, casi cuarenta más que nosotros, que andamos por los 206. La cifra baila según lo largo que tenga el rabo: ahí solo puede haber veinte vértebras o más.
Pero lo interesante no es cuántos son, sino cuáles le faltan.
Nosotros tenemos las clavículas ancladas al esternón y al omóplato: forman un puente rígido que mantiene los hombros separados. El gato tiene clavículas diminutas que no se articulan con ningún otro hueso. Flotan, sujetas solo por músculo.
Eso convierte sus hombros en algo casi líquido. Puede juntarlos, alargar la zancada muchísimo y colarse por sitios que, mirándolo, dirías que son imposibles.
Ahora bien, ojo con la frase que se repite siempre: «si le cabe la cabeza, le cabe el cuerpo». Es medio mentira. Los hombros pasan, sí, pero la caja torácica no se comprime hasta el infinito, y un gato con unos kilos de más se queda encajado igual que se quedaría cualquiera. Sirve como regla de andar por casa, no como permiso para dejar huecos.

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Cómo gira si no tiene dónde apoyarse
Aquí está lo bonito. Un cuerpo que va por el aire no puede empezar a girar de la nada: si no giraba al salir, no puede ponerse a girar. Y sin embargo el gato lo hace.
El truco es que no gira entero de golpe. Lo hace por mitades.
Primero, el oído interno le dice al instante qué lado es el suelo. Después:
- Encoge las patas delanteras contra el pecho y estira las traseras.
- Gira la mitad de delante. Al llevar las patas recogidas, esa mitad pesa poco de girar y da la vuelta rápido; la mitad de atrás, con las patas estiradas, apenas se mueve en sentido contrario.
- Cambia: estira las delanteras y encoge las traseras.
- Gira la mitad de atrás, que ahora es la que gira fácil.
Es lo mismo que hace una patinadora cuando recoge los brazos y acelera el giro sin que nadie la empuje. El gato aplica ese truco dos veces seguidas, una por cada mitad del cuerpo. Y termina antes de que puedas parpadear: le lleva alrededor de una décima de segundo.
Los gatitos no nacen sabiendo. El reflejo aparece sobre las tres semanas y no está fino hasta las seis o siete.
El detalle que casi nadie cuenta: necesita sitio
Para completar el giro le hacen falta unos 30 centímetros de caída. Por debajo de eso no le da tiempo.
Por eso una caída tonta desde la encimera puede hacerle más daño que un salto desde el armario. Y por eso, si alguna vez tienes que bajarlo en brazos, se hace despacio y hasta abajo, no soltándolo a media altura.
Y aun así se hacen daño
Que caiga de pie no significa que caiga bien.
En caídas desde un piso alto, el gato llega a su velocidad máxima —unos 100 km/h— en torno al quinto piso. A partir de ahí se relaja y se extiende como un paracaidista, y el golpe se reparte mejor. De ahí sale el dato famoso de que caerse de un séptimo hace menos destrozo que de un quinto.
El dato es real, pero tiene trampa: el estudio contó los gatos que llegaron vivos a la clínica. Los que murieron en el sitio no entraron en la estadística.
Lo que ven de verdad los veterinarios en verano tiene nombre, síndrome del rascacielos, y suele ser mandíbula rota, paladar partido y golpe en el pecho.
La solución no es vigilar más. Es red o mosquitera fija en ventanas y balcón. Un gato no se tira: se resbala persiguiendo una mosca, o se duerme en la barandilla. Y un mosquitero de los de correr no aguanta su peso.
Cuándo llamar al veterinario
Después de una caída, aunque se levante y ande:
- Si respira raro, rápido o con la boca abierta
- Si sangra por la nariz o la boca, o no cierra bien la mandíbula
- Si cojea, o se sienta de una forma extraña
- Si se esconde y no sale — en un gato, esconderse es de los primeros avisos de dolor
Los golpes en el pecho tardan horas en dar la cara. Si se ha caído de más de un primer piso, que lo vean aunque parezca que está bien.
Y si tu gato ha empezado a caerse de sitios de los que antes no se caía, o ladea la cabeza, eso ya no es torpeza: el oído interno es la brújula de todo esto y conviene mirarlo.
Por cierto, que la gravedad y tu gato tienen otra historia pendiente: la de por qué te tira las cosas de la mesa mirándote a los ojos.



